Mi experiencia en Cuba

Podría describiros La Habana como una ciudad detenida en los años cincuenta. Recomendaros que no dejéis de pasear, más de una vez y sin prisas, por las callejuelas que conectan la Plaza de Armas, la Plaza de la Catedral, la Plaza Vieja y la Plaza de San Francisco. Intentar convenceros de que todo ese abandono que se apodera de sus viviendas es encantador. Afirmar que hospedarse en casas de cubanos es la mejor opción de alojamiento que podéis elegir, por las conversaciones con ellos y, por supuesto, por los desayunos.

Pero eso ya lo han hecho antes y mejor numerosos blogueros de viajes. Así que me he decidido por narraros un entrañable encuentro que tuvimos mi por entonces novio (hoy ya marido) y yo en la famosa Heladería Coppelia.

Era nuestro décimo y último día en Cuba (también visitamos Trinidad y Viñales). Habíamos reservado el coche de la casa en la que nos hospedábamos a las 18:00 horas para que nos llevara al aeropuerto, así que decidimos que aquel jueves nos quedaríamos por el barrio del Vedado, aunque nos gustara más la zona de La Habana Vieja. Aprovechamos que las larguísimas colas para tomar un helado en Coppelia de días anteriores habían desaparecido. Leímos que era un local venido a menos. Pero… ¿Quién dice que no a una bola de helado por 20 céntimos de euro (unos 5 pesos cubanos)?

Estábamos esperando en la entrada a que nos ubicaran decidiendo de qué sabor nos comeríamos el helado. Una mujer se giró y afirmó: —¡Son andaluces! Respondimos afirmativamente asombrados. ¡Apenas habíamos pronunciado tres palabras! La señora, que rondaba la cincuentena y estaba acompañada de su marido, comenzó a nombrarnos rincones de nuestra comunidad y de nuestra provincia, Huelva, cuando le dijimos que éramos concretamente de allí. En aquel momento, no supe discernir el país de procedencia de aquel matrimonio.

El destino quiso que la conversación continuara en la mesa. Los empleados de la heladería nos sentaron a los cuatro juntos. Fue entonces cuando supimos que eran cubanos, de La Habana, y que conocían tantos rincones de Andalucía porque su hija mayor reside en San José de La Rinconada, ya que está casada con un sevillano.

También nos contaron que el salario medio en Cuba es de 250 CUP (pesos cubanos), que equivalen a unos 10 dólares. Que productos como el gel de baño solo se venden en CUC (pesos convertibles) y cuestan, al cambio, unos 150 CUP. —Por eso tantas mujeres nos pedían “jabón” —pensé.

Nos explicaron que su hijo menor nunca había salido de Cuba. A pesar de que la mujer (en ningún momento nos dijimos nuestros nombres) tenía pasaporte español porque sus abuelos eran gallegos. Y a pesar de que tenía la carta de invitación de su hermana. Al parecer, en España ven riesgo de inmigración.

Charlamos un buen rato, durante el que conocimos bastante la realidad que se vive en Cuba y que no nos habíamos atrevido a preguntar abiertamente en los días previos dada la reciente muerte de Fidel Castro. Y es que aterrizamos en la isla el lunes 5 de diciembre de 2016, un día después de concluir los nueve de duelo.

Antes de despedirnos, el hombre nos facilitó el número de teléfono de su hija y nos pidió que la llamáramos cuando llegáramos a España. Tal fue su ánimo que, apenas aterrizamos en Madrid, después de avisar a nuestras familias, le escribimos. Su respuesta nos transmitió añoranza.

Hace unos días, nueve meses después, volví a escribirle. Se me venían a la cabeza cada vez que veía imágenes en la televisión del huracán Irma. Por suerte, están bien. ‘Solo’ han sufrido de falta de suministro eléctrico durante días. Su hija me dijo que les contaría que preguntamos por ellos, que seguro les haría ilusión.

Como veis, no he subido una fotografía de aquella bonita experiencia en Cuba. No inmortalizamos el momento. Así que tenemos pendiente un reencuentro. Quizás en su próxima visita a España.

Laura M. Jiménez

 

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